sábado, 21 de agosto de 2010

Encuentros con Érato II

Pocos han sido los personajes literarios que hayan calado de manera tan especial y de forma tan profunda en mi persona, como pudiera serlo El Principito. Sé que este es un sentimiento que con certeza comparto con muchas personas en este mundo.

Mi admiración por esta pequeña gran obra es tal, que para mi deleite tengo el libro editado en varios idiomas. Y sé de la importancia de ella sobre mi persona, porque son varios y significativos los momentos en los que he sentido un impulso casi incontrolable de tener que leerlo, de nuevo. Se podría decir que es una especie de pequeño talismán.

En una ocasión, haciendo un ejercicio de creación literaria, reflexioné sobre las fuentes, musas e inspiraciones de las que se nutren los grande literatos. E inicié un pequeño experimento, para ver qué me evocaba uno de los párrafos más sugerentes, con los que uno empieza la lectura de El Principito.
De ese ejercicio nació este pequeño texto:

(De El Principito)
Creo que, para su evasión, aprovechó una migración de pájaros silvestres...

... y empezó entonces a soñar... :
Sin saber cómo, comenzaron a emanar de su interior todos aquellos anhelos, susurros de la memoria que suspiran ante el recuerdo, y vio fluir un manantial de luciérnagas que alumbraban el discurrir de sus pensamientos.

Se descubrió, al tiempo, sonriendo ante aquella sensación de entusiasmo y embriaguez que le provocaban cada uno de sus gestos, sus palabras, sus miradas,...; la serenidad de su rostro cuando se acercaba y le hablaba.

Y decirle qué. Que el alma se le encoge cada vez que su nombre pronunciaba?
Demasiado soez.

Sólo buscaba una palabra. La más pura. La más exacta. Aquella que en sí misma encerrara cada una de esas sensaciones desbordadas.

Cómo decir, entonces..., ¿Amor?
Miedo le daba.

Noemí S.
Madrid, 4 de julio de 2003

jueves, 12 de agosto de 2010

Soñé que era un árbol






Era se aquella vez en que soñé que era un árbol.
Que me elevaba sobre el asfalto,
con la vista puesta en las nubes,
extendiendo mis ramas muy alto.










Y llegó el día en el que el hombre se hizo árbol.
En un viaje de introspectiva,
lentamente orquestado, su mirada se tornó eterna; su semblante murmurara al viento, en un tiempo no tiempo, poco a poco enraizado.


Pino o cerezo. Roble, sauce o castaño. Fueran mis sienes otoñal follaje; y mi rostro, filigrana rústica de mixturas.
Así fuera forjado.


¿Quién pudiera explicar algo tan extraordinario?
La magia te transforma.
Cuan demiurgo, eres arcilla en sus manos.

Gracias, Frida: “Encantadora de sueños” que hizo posible por un día que yo fuera árbol.